El Valle de las Tristezas

En el imaginario un desierto no es como el de la Tatacoa.
Cuando nos dicen desierto, inmediatamente nos remontamos al Sahara y a los que hemos visto en películas, con interminables montañas de arena fina, entre amarilla y blanca, sin nada más que ver y con la sensación permanente de sed, calor y cansancio.

“El Valle de las Tristezas”, lo llamó hace más de 400 años Jiménez de Quesada. Y claro que tenía por qué estar triste, pues él venía en busca del Dorado, y en cambio encontró una tierra que por su paisaje ya lo asombró. Lo mismo que le pasó a Gonzalo, pasa con los visitantes, que de entrada esperan un desierto clásico como el que nos vendieron comercialmente, pero no. El de aquí -el nuestro- es diferente.


El desierto de aquí tiene verde también, pues hay plantas diferentes a los Cactus, que crecen muy alto. Técnicamente no es un desierto, es un bosque seco tropical, pero para ponernos de acuerdo vamos a seguirlo llamando desierto.
Nuestro desierto, el de aquí, el de la Tatacoa, que algún día fue un océano, y luego un jardín para después erosionarse, ahora tiene tierra color naranja rojiza, pero también gris y blanca. Tiene unas ondulaciones de tierra que se extienden como una sábana curvada, lo que da paso a la creación de los ‘Fantasmas’, que vigilan y cuidan el desierto asegurándose de crear todo tipo de supersticiones en los visitantes.


El desierto sabe entregar magia, esa sensación de soledad y de estar perdido. Él sabe mantener y asegurar el calor por encima de los 38 grados, sabe sorprender con la belleza de la aridez y especialmente con la sorpresa de encontrarnos con un desierto que no se parece a los desiertos que comúnmente solemos tener en la cabeza.


Cuando vayan, asegúrense de respetar el paisaje, tal cual y como el desierto se los ofrece.